Un
Príncipe que torno
a incrédulos espectadores en fieles guerreros
Después de la victoria, el príncipe Yupanqui
corrió la voz que un milagro había ocurrido:
Los Inkas habían ganado porque hasta las piedras se
tornaron en guerreros a su favor. De ahí en adelante,
los ejércitos inkas tuvieron la reputación de
que una intervención divina los asistía. Ellos
llevaban a la batalla piedras sagradas, cada una con el nombre
de un guerrero inmortal. En los años siguientes, muchos
de sus enemigos se rindieron sin siquiera librar una batalla,
para evitar ser atacados por algún invencible guerrero.
La determinación de un sabio líder y un puñado
de leales guerreros fueron la chispa que inicio una explosión
que forjo el Imperio.
El padre del príncipe Yupanqui, Inka Viracocha, aun
vivía y privilegiaba a otro de sus hijos como su sucesor.
Sin embargo, el pueblo aclamaba a Yupanqui como su nuevo
gobernante y le otorgaron a el la dirección del Imperio.
El nuevo Inca tomó el nombre de "Pachacuti" que
tenía los siguientes significados: "Cataclismo" o "aquel
que transforma la tierra". Pachacuti demostró ser
ambas versiones.
Al comienzo de su reinado, Pachacuti se dedico a reconstruir
la ciudad del Cusco como un monumento a la gloria Inka y
el centro ceremonial para impresionar a sus peregrinos. Sus
artesanos trabajaron la piedra, creando espectaculares edificios
y paredes macizas de piedra, muchas de las cuales aun sobreviven
y que impresionan a muchos visitantes, aun después
de 500 años de la destrucción
causada por los españoles.
A la hora de su muerte, Pachacuti y su prole expandieron
el imperio en las cuatro direcciones cardinales, por lo que
se le dio nombre quechua al imperio de "Tahuantinsuyu",
que significa "Las cuatro esquinas del mundo".
Su hijo, Tupa Inca Yupanqui, ("El inolvidable")
continúo la expansión, doblando su tamaño.
Su sucesor, Huayna Capac, expandió el imperio a su
máxima extensión. Tupac Inca y Huayna Capac
fueron conquistadores de la talla de Julio Cesar y Alejandro
Magno.
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